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Los profundos cambios sociales han transformado las expectativas de vida de los mayores. Al aumento de la esperanza de vida se suman otros factores, como el cambio en los modelos familiares o en las propias relaciones dentro de las familias.

Con respecto a los ancianos, hasta no hace mucho tiempo se asumía que iban a ser cuidados principalmente por sus hijos y allegados. Sin embargo, esta opción ya no parece mayoritaria, no solo entre los jóvenes, que colocan a la familia por detrás de otros intereses personales, sino también entre los que superan los cincuenta años de edad.

En encuestas realizadas recientemente, los individuos de mediana edad o cercanos a la vejez manifestaban que el cuidado de un mayor por parte de la familia debe considerarse como una posibilidad más, pero no la única. Las circunstancias laborales, el menor tamaño de las familias y las preferencias particulares sobre determinados estilos de vida más libres e independientes, están haciendo emerger la idea de que las personas mayores tienen que pensar directamente en su futuro y no confiarse en que sus familiares cuidarán de ellos.

En sociedades tradicionales todavía puede sorprender el cambio de costumbres, pero en los países más desarrollados es una realidad que todos debemos asumir. Hay que planear cómo queremos o cómo podremos ser cuidados cuando lleguemos a la vejez, y más en el caso de que nos encontremos en situaciones de dependencia. Por otra parte, no hay que olvidar que muchos llegan a la edad de jubilación en plenitud de facultades y con ganas de emprender nuevos proyectos

En este nuevo escenario, la cuestión económica cobra especial relevancia. En estos días de debate álgido sobre las pensiones se insiste mucho en la necesidad de crear un fondo de provisión para poder sostenerse económicamente en la vejez. Se afirma que en la mayoría de los casos, ni la pensión ni las posibles ayudas a la dependencia pueden sufragar el coste de una residencia o la asistencia profesional.

Por lo general, más allá de los ahorros u otros activos patrimoniales, el principal activo que poseen las personas mayores es la vivienda. Hay quien decide venderla para obtener liquidez y poder acceder así a otras fórmulas de alojamiento, como los apartamentos tutelados, las residencias o las viviendas comunitarias.

Otros, por el contrario, prefieren permanecer en su casa y recurren a fórmulas financieras como la hipoteca inversa, la venta con alquiler garantizado, o la renta vitalicia.

Cualquiera de las posibilidades es válida si consigue asegurar el sostenimiento económico de la vejez y concuerda con el estilo de vida y las circunstancias personales. Lo importante es asumir que es necesaria una planificación previa para no encontrarse en situaciones inesperadas que conducen a la improvisación y que pueden producir un deterioro del bienestar en los últimos años.