No todos los olvidos tienen que ver con la edad

Es habitual escuchar que las personas mayores “pierden memoria” o que los olvidos son una consecuencia inevitable de cumplir años. Sin embargo, esta idea es demasiado simple y puede caer en el edadismo: la tendencia a atribuir a la edad problemas, limitaciones o comportamientos que no siempre tienen que ver con ella.

A partir de los 60 años pueden aparecer algunos olvidos cotidianos: no recordar dónde se han dejado las llaves, olvidar un recado, tardar más en encontrar una palabra o no recordar el nombre de una persona conocida. Son situaciones frecuentes, pero no exclusivas de las personas mayores. También les ocurre a adultos jóvenes y a personas de mediana edad, especialmente en momentos de estrés, cansancio, ansiedad, falta de sueño o exceso de preocupaciones.

Por eso, conviene evitar las generalizaciones. No todas las personas mayores tienen problemas de memoria. Algunas conservan una memoria excelente y otras pueden tener pequeñas quejas sin que exista un deterioro cognitivo. En muchos casos, los olvidos forman parte de la vida diaria y no impiden mantener una vida autónoma, activa y satisfactoria.

Además, hablar de “la memoria” como si fuera una sola capacidad tampoco es exacto. Existen distintos tipos de memoria. La memoria procedimental, por ejemplo, es la que nos permite recordar hábitos y habilidades aprendidas, como montar en bicicleta, cocinar una receta conocida o realizar tareas manuales. Este tipo de memoria suele mantenerse bien con la edad. También la memoria semántica, relacionada con los conocimientos generales, el lenguaje o la experiencia acumulada, puede conservarse e incluso fortalecerse con los años.

La memoria episódica, en cambio, es la que se refiere al recuerdo de hechos concretos: qué hemos hecho esta mañana, dónde hemos dejado un objeto o qué recado teníamos pendiente. Es aquí donde suelen aparecer más quejas de memoria en la vida cotidiana. Aun así, tener algún despiste no significa necesariamente padecer una enfermedad.

Lo importante es observar la evolución. Una cosa es olvidar puntualmente un nombre y recordarlo más tarde, y otra muy distinta es desorientarse con frecuencia, repetir muchas veces la misma pregunta, no reconocer lugares conocidos, tener dificultades para manejar tareas habituales o notar cambios importantes en la conducta. En estos casos, conviene consultar con un profesional sanitario para valorar la situación.

Cuidar la memoria también implica cuidar el estilo de vida. Dormir bien, mantener una alimentación equilibrada, caminar, leer, conversar, aprender cosas nuevas y participar en actividades sociales ayuda a mantener la mente activa. La vida social tiene un papel especialmente importante: hablar con otras personas, compartir experiencias y sentirse parte de una comunidad estimula la atención, el lenguaje, la memoria y el estado de ánimo.

Cada persona tiene su historia, su salud, sus hábitos y su forma de vivir esta etapa. Frente a los tópicos, conviene mirar la realidad con más precisión: algunos olvidos pueden aparecer con la edad, pero no todos los olvidos son señal de deterioro ni todas las personas mayores tienen problemas de memoria.

Una versión original de este artículo ha sido publicado por el Dr. Pedro Montejo en la web de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología.

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